La guerra interminable

En las últimas semanas se ha registrado un recrudecimiento de la violencia en distintas entidades del país que han cobrado la vida de decenas de personas a manos de integrantes del crimen organizado.

A pesar de la crueldad con la que son levantados y ejecutados grupos de personas, incluidos mujeres y menores de edad, las notas han sido empañadas por las protestas y bloqueos de la CNTE y otros hechos mediáticos que han ayudado a que estas acciones pasen casi desapercibidas.

Sin embargo, el gobierno federal no puede darse el lujo de bajar la guardia para tratar de contener la guerra interminable entre las distintas células delictivas que se están disputando las plazas para sus cárteles, en lo que a todas luces es un reacomodo sangriento de las organizaciones.

Prueba de ello, el levantón del hijo de “El Chapo” Guzmán –con toda impunidad- en Puerto Vallarta, Jalisco, a manos de un comando armado en uno de los mejores restaurantes de dicho municipio.

Se ha dicho también que parte de esta violencia se debe al intento de Rafael Caro Quintero de regresar por sus reales y pelear por recuperar parte del pastel que hasta el momento se disputan las diez organizaciones identificadas por las autoridades; el Cártel del Pacifico; el Cártel de los Arellano Félix; la Familia Michoacana; el Cártel de los Carrillo Fuentes; el Cártel de los Beltrán Leyva, Los Zetas; el Cártel del Golfo; Los Caballeros Templarios y el Cártel Jalisco Nueva Generación.

Mismos que a su vez cuentan entre todos con 37 células que operan en los Estados de; Chihuahua, Sinaloa, Durango, Coahuila, las dos Baja Californias, Guerrero, Morelos; Estado de México, Sonora, Aguascalientes, Tamaulipas, Quintana Roo, Michoacán, Jalisco, Colima, Guanajuato, Nayarit y Veracruz.

Aunque no se reconoce la presencia de crimen organizado en la Ciudad de México, ni la existencia del denominado Cártel de Tepito, a pesar de las ejecuciones, detenciones y aseguramientos recientes a esta organización en el Estado de México y la delegación Iztapalapa.

Y es que la capacidad operativa y financiera de dichas organizaciones parece no tener fin a pesar de los golpes sonados a las llamadas estructuras financieras y a los operadores de las mismas.

La radiografía y el diagnostico se conocen, lo que parece no estar dando resultados es el tratamiento con el que se pretende acabar con la enfermedad.