Marchas mochas

El matrimonio igualitario es solo un pretexto. Las movilizaciones del sábado en contra del reconocimiento a la unión de personas del mismo sexo, van más allá de las consignas de quienes desfilaron en una veintena de ciudades del país.

La protesta primaria carece de sentido. El reconocimiento pleno de derechos a todas las parejas independientemente de su orientación o identidad sexuales, es un hecho sin importar lo que ocurra con la iniciativa presidencial, la jurisprudencia establecida por la Suprema Corte no tiene marcha atrás y debe ser cumplida por todas las autoridades del país, les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre.

Son las otras dos demandas de los inconformes las que dejan ver el fondo del asunto. La primera consiste en pretender prohibir la adopción a parejas homosexuales, exigencia que por sí misma coartaría el derecho planteado por el presidente y reconocido por el Poder Judicial. La otra demanda tiene que ver con la educación, quienes participan en este movimiento apelan a su libertad de educar a sus hijos según sus creencias y convicciones, lo cual podría parecer aceptable, pero al mismo tiempo arremeten contra la educación sexual planteada en los planes oficiales de estudios. Tal y como lo ha hecho sentir la Arquidiócesis de México, consideran que las clases de sexualidad pervierten la visión del orden “natural” de las relaciones humanas.

La demanda no es menor, quienes consideran inmorales los contenidos educativos y exigen su modificación en base a su credo, pretenden imponer creencias religiosas en la aplicación de programas, estrategias y políticas públicas de un estado sustentado en la laicidad.

Más allá del discurso promovido por la jerarquía eclesiástica, es muy difícil comprobar que a quienes marcharon el sábado sean movidos por el odio o el desprecio, seguramente la mayoría de ellos actúan de buen a fe, en defensa de un modelo de familia sustentado en sus convicciones.

Pero ni la buena fe ni la ignorancia justifican el tono profundamente excluyente y discriminatorio de las movilizaciones. Los promotores de la protesta pretenden en el fondo una sociedad de privilegios, en beneficio de quienes profesan ciertas religiones, sobre aquellos que piensan de manera distinta o simplemente ha decidido no adoptar credo alguno.

Las presiones de los grupos ultraconservadores que han apoyado las marchas no pararán en el futuro cercano, de hecho, irán más lejos en la medida en que se acerquen las elecciones federales de 2018. Su agenda no es coyuntural, tiene que ver con la guerra por el poder político en el país.

A muchos les asusta, a otros les alarma el avance de la derecha radical y su presencia en la discusión pública, pero en democracia caben todas las fracciones y todas las ideologías. Debemos acostumbrarnos al debate y tomar nota de los peligros de la propia competencia,