Consecuencias del terremoto Trump

Cuando el Gobierno Federal parecía tocar fondo, alguien desde adentró sacó la pala para hacer más profundo el agujero del desprestigio. El incomprensible recibimiento al maniático magnate con delirios de poder demuele la imagen de una administración a la baja. Las formas y las razones hasta ahora inexplicables, han logrado construir sendos consensos en la indignación nacional y el asombro incrédulo del mundo testigo de una suerte de suicidio involuntario.

El desastroso episodio del miércoles pasado saca a la luz la peor faceta del equipo gobernante. Tras la partida del candidato republicano, con los resultados previstos desde la sorpresiva noche anterior, cuando se confirmó la “histórica visita”, se hicieron evidentes profundas grietas en la estructura del poder ejecutivo.

Quedó en evidencia la improvisación, la falta de mecanismos institucionales en la toma de decisiones. Una invitación lanzada al aire, una aceptación repentina y una operación presurosa, sin un proceso previo de reflexión y valoración del daño, dividieron según ha trascendido al gobierno federal.

La secretaria de Relaciones Exteriores fue ignorada, los enlaces con el equipo de Trump se llevaron a cabo por vías alternativas, la carrera por organizar todo al cuarto para la hora generó conflicto con la embajada norteamericana, abrió un flanco innecesario con la campaña de Hillary Clinton y a querer o no, marcó distancia con el gobierno de Barack Obama.

Pero quizás el mayor impacto, además del golpe a la credibilidad gubernamental, es la clara confrontación entre miembros del gabinete y la falta de capacidad, quizás de interés para asumir el costo del ridículo y tratar de salvar la imagen presidencial. La supuesta renuncia de la canciller Claudia Ruiz Massieu y la posterior versión de la Secretaría de Hacienda, señalando que la conducción de política exterior solo corresponde al titular del ejecutivo (lo cual es cierto), parecen tener la intensión de salvar el pellejo de integrantes del equipo de Enrique Peña Nieto, la incapacidad de defender lo indefendible, no aminoró ni un ápice al autogolpe.

Queda en el ambiente la sensación de un gobierno débil, descoyuntado y sin control, con presencia avasallante de unos y ausencia absoluta de varios más.

Muchos exigen cambios urgentes en la estructura presidencial, relevo de cuadros para contrarrestar el desgaste y dar solidez a la administración de cara al fin del sexenio. Se ve difícil, pero el costo es mayúsculo, no por la inmovilidad, sino por el caos.